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24 septiembre, 2017

Nada pasa por acá


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Por Nacho Humarán

En las ciudades del interior que tienen poco movimiento, salir al boliche es algo que sucede, como mucho, una o dos veces por semana. Y aunque sea por un rato, la ciudad se transforma en un lugar movido, transitado y ruidoso.

La música suena fuerte en el boliche. A esta altura de la madrugada ya aturde. Posiblemente sea por el estado del cuerpo, una mezcla de borrachera y cansancio. Hace media hora que por los parlantes no se escucha cumbia, lo que puede significar una sola cosa: la fiesta está por terminar. En Nogoyá es así casi siempre, como si los boliches hubieran encontrado la fórmula para hacer que la gente se vaya de a poco. Cuando falta poco para el final, empieza a sonar la música que nadie baila, que generalmente es electro (o house, o progressive o como quieran llamarle).

La voz del animador suena de vez en cuando para hacerte acordar que la noche llega a su fin. “Nos vemos el próximo sábado”, “Último tema”. Hasta que llega el momento de la canción acústica que marca el final de todo. Es hora de irse. La gente que queda de a poco va enfilando para la entrada. Parejas (algunas que duran una noche, otras un poco más), gente caminando sola y muchos grupos de amigos comienzan su vuelta, mientras los policías controlan que a nadie se le ocurra recrear alguna escena de las películas de Rocky Balboa. Por detrás del boliche, el sol empieza a aclarar la madrugada del domingo.

El boliche está algo alejado de la zona céntrica de Nogoyá, lo que genera que la mayoría de la gente siempre vuelva por el mismo camino. La calle tiene unos 500 metros de largo antes de bifurcarse en un boulevard. Durante esa distancia se puede ver caminar a la muchedumbre a paso cansino pero continuo, como si fuera una marcha de caminantes de The Walking Dead. Van en grupos, casi nunca solos. Algunas personas van calladas, ya sea por el cansancio tras una noche larga o por la borrachera que llevan encima. Pero muchas otras van hablando y riéndose. Y siempre está el que grita de una punta de la calle a otra, lo que seguramente genera el insulto de más de un vecino.

También están los que fueron al boliche en auto. Aunque hay muchos que van por caminos alternativos, hay otros que circulan por donde va toda la gente. Son los 500 metros más lentos de su vida. Andan a paso de hombre y esquivan gente todo el tiempo, al mismo tiempo que conocidos o amigos se le pegan al parabrisas pidiendo una vuelta por la ciudad o que los acerquen a sus casas. Es también en este momento cuando los dueños de los vehículos aprovechan para poner música.

Un poco para animar la vuelta y otro poco para sacar a relucir sus estéreos valuados en miles de pesos. Cuando esta suerte de procesión llega a la Cruz del Milenio, que es donde el boulevard España se divide en dos calles, la mayoría de la gente sigue caminando en el mismo sentido. La calle recorre la ciudad de este a oeste, por lo que es normal que la gente siga por ahí por un par de cuadras antes de doblar en alguna esquina. Pero no todos caminan. También están los que se sientan en la entrada de alguna casa a hacer tiempo. Total, nadie los apura.

 

Como seguramente es en todos los lugares de Argentina (y del mundo), la salida del boliche va acompañada de comida. La hamburguesa de un carrito de comida estacionado estratégicamente enfrente a la entrada (que dicho sea de paso, tiene el mejor nombre del mundo: MacPanzy) es la base de la pirámide alimenticia de la gente que sale. Una alternativa son los bizcochos de cualquier panadería de la ciudad. Es normal ver a algunos trasnochados en las puertas traseras de los negocios esperando conseguir una bolsa llena de bizcochos calientes. Y de esta forma los panaderos consiguen los primeros clientes del día.

 

Pasan los minutos y la marcha de gente continúa. Cada vez se ve menos gente. Caminan en grupos cada vez más separados. Algunos se irán a dormir a sus casas, otros seguirán desvelados. ¿Y los que andan en auto? Esos son los últimos en permanecer despiertos. Al principio andan lento, debido a que circulan muchos por la calle. Con el paso de los minutos la cosa cambia. Aprovechan la ciudad y la usan de circuito. Algunos tiran frenos de mano en las esquinas. Otros andan más despacio, escuchando música. Y de vez en cuando se ve pasar por una esquina un auto a toda velocidad.

Llega un punto de la mañana en donde ya no queda nadie. El frenesí de la gente da lugar a la calma que predomina en la semana. Son las 8 de la mañana y la ciudad está desierta. Solo se escucha el canto de los pájaros. La calle no queda impune de la suciedad que genera la vuelta: vasos con líquidos de dudoso color, una puerta o pared mojada por la orina. Botellas hechas añicos. Y nunca falta el vómito de alguno (con colores que pueden variar mucho). Ahora comienza una hora de transición entre los noctámbulos y los que madrugan. Nunca entran en contacto. Recién a media mañana la ciudad comenzará lentamente a activarse. Y comenzará otro día en el lugar donde nunca pasa nada.

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