Infierno en el convento: el desgarrador relato de la monja que estuvo cautiva catorce años y sufrió maltratos y abusos psicológicos

Infierno en el convento: el desgarrador relato de la monja que estuvo cautiva catorce años y sufrió maltratos y abusos psicológicos

Silvia Albarenque ingresó al Carmelo de Nogoyá, de Entre Ríos, cuando tenía 18 años en busca de refugio espiritual. Sin embargo, entre 1999 y 2013 sufrió violencia y vejaciones. “Me encerraban en mi celda, con una botellita de agua en la puerta y un pan en el piso, y con eso tenía que pasar el día”, contó. Su historia inspiró “Cautiva”, ua serie que acaba de estrenarse en Flow.

En los trozos de papel que encontraba por el convento, Silvia Albarenque escribió durante seis años una misma frase: “Madre nuestra, me quiero ir”. La religiosa, conocida entonces como hermana María Teresa de la Eucaristía, había ingresado al Carmelo de Nogoyá cuando tenía 18 años y cuatro años después empezó su peor infierno.

La historia de esta joven, que ingresó a una orden religiosa en 1999 en busca de refugio espiritual y terminó atrapada en una trama marcada por las torturas físicas y los abusos psicológicos, es la que inspiró a la serie Cautiva, que acaba de ser estrenada por Flow.

Mientras estuvo aislada en un convento de clausura -convertida en Carmelita Descalza y sin contacto alguno con el mundo exterior- el uso de la mordaza, el látigo y el cilicio fueron una constante. Ella intentó hablar pero la madre superiora, la expriora, Luisa Toledo, la silenciaba a la fuerza. Primero, cortó el vínculo con su familia -a quien le negaba la visitas con distintas excusas- y luego archivó en un cajón todos sus pedidos de exclaustración.

Silvia Albarenque tenía 18 años cuando decidió convertirse en Carmelita Descalza e ingresar al convento de Nogoyá

2013 marcó un antes y un después. Toledo permitió que su madre fuera a buscarla porque estaba en estado físico y psíquico lamentaba. Estaba delgada, pálida y con un aspecto “cadavérico”. Presentaba dificultades para comer, dormir y caminar. Y hasta le costaba tomar decisiones.

Cuando el caso tomó estado público en 2016 gracias a una investigación periodística, la justicia imputó a Toledo y la apartó de la conducción del convento. Meses después, el Vaticano también decidió removerla de su cargo mediante un documento firmado por el papa Francisco. La investigación judicial avanzó y llegó a juicio.

En junio de 2019, el Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay condenó a Luisa Toledo a tres años de prisión efectiva por dos hechos de privación ilegítima de la libertad agravada por violencia, amenazas y la duración de los hechos.

Tras la apelación, en diciembre de 2020, la Sala I de la Cámara de Casación Penal de Entre Ríos confirmó íntegramente la condena y Toledo tuvo que cumplir su pena en la Unidad Penal Nº 6 de Paraná. Este fallo marcó un hito en la Argentina: por primera vez una Carmelita Descalza fue enviada a la cárcel por abusos de poder.

La entrada al convento

Cuando Silvia llegó al Convento de las Hermanas del Carmelo de Nogoyá atravesaba un momento de profunda incertidumbre. Había dejado su pueblo, María Grande, para comenzar a estudiar Psicología en Paraná, pero su vida familiar había cambiado de manera inesperada: sus padres se habían separado, su abuelo había muerto y ella todavía no tenía claro qué camino quería seguir.

Silvia era la tercera de seis hermanos y había crecido en una familia atravesada por una fuerte tradición religiosa por parte de su rama materna. En ese contexto, la vida monástica apareció ante ella como una posibilidad de encontrar contención y darle un nuevo sentido a una etapa que estaba marcada por las pérdidas y las preguntas sobre su futuro.

Después de cursar apenas un cuatrimestre de Psicología, decidió abandonar la carrera y arrancar una nueva vida dentro de un convento que estaba organizado bajo reglas estrictas que regulaban los vínculos entre las religiosas y también su relación con el mundo exterior.

Allí, las conversaciones privadas no estaban permitidas y las visitas familiares se realizaban bajo supervisión y a través de una reja. Y así fue como, con el tiempo, se fue sometiendo a un proceso que restringió progresivamente su autonomía.

El relato del horror

La situación dentro del convento cambió por completo cuando Toledo asumió como priora. Cualquier palabra, gesto o desacuerdo podía ser leído como una falta de respeto a la superiora.

“Toledo solía decir: ‘Cuando le falta el respeto a nuestra madre, le está faltando el respeto a Cristo’”, declaró Silvia durante el juicio, según consta en el expediente judicial al que accedió Infobae. Durante el proceso, ella detalló que las sanciones podían llegar después de una respuesta considerada irrespetuosa, una tarea que no terminaba a tiempo o un gesto que la superiora interpretaba como desobediencia.

La mordaza era uno de los castigos más frecuentes. A Silvia le colocaban en la boca un tubo de vitaminas perforado y sostenido detrás de la cabeza con un elástico. “A veces me lo daba tres días, a veces ocho días, depende de lo que ella había considerado cuán grave era lo que yo había hecho”, contó Silvia. Solo podía retirárselo para comer. Fuente: Infobae

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